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Escritos de Psicología
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Volumen 8 / Número 2 ·Mayo-Agosto 2015
 
In Memoriam

[pp. 1-2]
[DOI: 10.5231/psy.writ.2015.0000]
Tomás Rodríguez Fernández
Doctor en Pedagogía. Universidad de Cantabria, España
 

Rememorar a Carmen de Linares supone para muchos recordar a una amiga; otros la habrán escuchado en charlas y conferencias; algunos, bastantes, pensarán como padres y sentirán a una persona preocupada e ilusionada por ver siempre lo positivo que hay en las relaciones de padres e hijos y la esperanza que hay que mostrar diariamente en cuanto a la evolución y desarrollo de los niños y niñas que presentan algún trastorno o retraso.

Pero, seguramente, todos ellos la recordarán como la persona que les ha hecho sentir y disfrutar de la Atención Temprana como algo valioso. Y todo ello, porque estamos convencidos que ha sido un paradigma de ilusión y entusiasmo por hacer de la Atención Temprana un campo de trabajo eficaz y eficiente.

Resumir su trayectoria en estas breves palabras resultaría imposible e injusto, pero todos coincidiríamos si condensamos en tres ideas las inquietudes nucleares de Carmen hacia la Atención Temprana: la fuerza y el valor del afecto; la importancia de la familia; y la necesidad del trabajo en equipo de los profesionales.

Tal vez, no haya charla o intervención en la que haya participado Carmen, en la que no se recalque con gran emotividad la relevancia que la afectividad tiene para el niño, así como la necesidad de hallar enfoques sobre la interacción niño-padre/madre y niño-cuidador. La fuerza de la afectividad la sentía tan potente y próxima que se podía hablar de la relevancia de la tecnología, del carácter científico de las intervenciones, del trabajo interdisciplinar o de otros variados temas, pero difícilmente se podía soslayar el poder de la afectividad. Podemos recordar esa frase que, a modo de eslogan y colofón, tantas veces escuchamos: “Lo verdaderamente efectivo es lo afectivo”. Y es que así lo sentía.

Una segunda inquietud, a lo largo de su trayectoria como directora y coordinadora del Centro de Desarrollo Infantil y Atención Temprana “Dr. Miguel de Linares Pezzi”, lo constituye el papel relevante que daba a la familia en el proceso terapéutico del niño. Esta idea era prioritaria en la concepción de que toda intervención debía estar basada en los contextos, permitiendo analizar la relación entre los niveles de desarrollo del niño y los agentes ambientales. Por ello, la colaboración de la familia era un objetivo fundamental y prioritario desde la primera entrevista hasta el desarrollo de los programas. Esta idea, hacía que repitiese con frecuencia la afirmación que “el Centro, como lugar de intervención, pertenece al niño y a los padres”. Esta dualidad, decía, aporta un alto grado de coherencia terapéutica y educativa a la Atención Temprana. Con cuánto vigor lo defendía.

En su pensamiento y en su práctica, la familia fue considerada siempre como parte de la intervención en un doble sentido: el primero, para que los padres buscasen y lograsen un equilibrio emocional, frecuentemente perdido por el impacto del nacimiento de un hijo con “problemas”; en segundo lugar, para que los padres participasen en el propio proceso de intervención. En sus charlas, sutilmente, diferenciaba con una “preposición” la doble perspectiva: se refería a la intervención “con” la familia y la intervención “de” la familia. La primera, para evocar la necesidad de detectar e intervenir sobre las situaciones emocionales familiares: ansiedad, desorientación, angustia, miedo al presente y al futuro…, siempre entendiendo que en la familia se pueden generar consecuencias emocionales adversas que interfieran en la relación con su hijo y con toda la estructura familiar. Decía en su último artículo sobre “Un modelo de Atención Temprana”, que “intervenir en esta situación parece una función más que razonable para un profesional de la Atención Temprana”, siempre pensando en lo prioritario que resulta la aceptación del recién nacido y “el logro de un adecuado vínculo afectivo”.

El segundo sentido al que aludíamos es el de la intervención activa “de” la familia en el proceso terapéutico. Para Carmen, en todo momento, desde los inicios de la creación de su Centro, éste fue su propósito irrenunciable y se constituyó en una forma de pensar y de trabajar. Expuso repetidas y repetidas veces las siguientes necesidades: los padres deberán observar las intervenciones del terapeuta con sus hijos, interaccionarán con ellos siempre que se requiera, aprenderán estrategias de actuación y se hará un seguimiento de su capacidad de extrapolación a los entornos naturales. Fue necesario mucho trabajo y entusiasmo para lograr resultados positivos, pero nunca se hubieran materializado sin tres requisitos básicos: la creencia en la efectividad de la metodología, la sistematicidad de las intervenciones y la alta profesionalidad y dedicación de sus terapeutas. Ella contribuyó decisivamente para que todos constituyesen una unidad.

Las referencias conceptuales a las que hemos aludido, no significarían demasiado en este breve recuerdo, sin destacar el valor personal de quien las asumió y su capacidad para decir lo que había que decir y hacerlo con calidad, convicción y delicadeza. Tampoco estas palabras quisieron ser exhaustivas de tan largo recorrido personal y profesional; solamente pretenden avivar una llama de ilusión que, durante tantos años, Carmen de Linares supo mostrar a padres compañeros y alumnos.

Ella, nunca hubiera aceptado la exclusividad de sus méritos. Sabía que había muchos y grandes profesionales y los admiraba, pero los que la sobrevivimos podremos recordarla, al menos, como un ejemplo de vitalidad, entusiasmo y capacidad de lucha.

 

 
   
                                                 
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